Mi primera mascota fue una perra que se llamaba Muffin. Ella era la única mascota que he tenido y ningún animal puede reemplazarla. Muffin era un labrador de color amarillo pero su pelo era bastante blanco. Ella era mi mejor amiga y cada noche dormía en mi cuarto para protegerme. Un día yo estuvo muy enfermo y no podía ir a la escuela. Mis padres salieron de la casa porque siempre trabajaban durante el día. Mi mamá cerró la puerta de mi habitación antes de ir, y Muffin se quedó enfrente de la puerta porque sabía que yo estaba adentro. Una mujer, quien Muffin le gustaba, vino a nuestra casa para limpiarla ese día. Cuando esta señora se acercó mi puerta, para decir –¡Hola!— a mi perra, Muffin se levantó y empezó a ladrar y gruñir porque no quería que alguna persona entró a mi cuarto y sentía que era su trabajo de protegerme. Por eso, la señora se alejó de mi puerta y de Muffin porque no quería enojar a ella o asustarme.
Muffin era un ángel que nunca hacía daño a nadie. Sin embargo, ella era la protectora de la familia y no dudaba a luchar contra algo o alguien que amenazaba nuestra seguridad. Todos mis amigos querían a Muffin y bromeaban que Muffin no podía matar una mosca porque era tan tranquila y siempre escondía debajo de las mesas, sillas, camas y más. ¡Pero la verdad es que ella no estaba escondiendo! Muffin le gustaba estos lugares porque nadie podía verla y era lista a atacar en cualquier momento.
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¡Lo siento… olvide a decir que esto es mi entrada numero 8!